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martes, 20 de septiembre de 2011

Layne Staley


Confusión.
Despertar
sin dejar al cansancio.
Sensación de pérdida,
hastío inevitable,
desconcierto en la mirada.
Y tú…
Lejos.

Repites el libreto,
Empujas las lagrimas
hacia tu abismo.
Recuerdas,
nútilmente;
no hay antecedentes claros,
solo rumores.

Es cierto,
navegas con velas rotas,
pero ya no te anima hallar tierra,
sólo el auxilio de la locura
para creerte salvo.
En la ignorancia
pueda que se halle tu salvación.

Y entre tantos rostros que merodean
ninguno te perturba tanto
como aquel sin ojos,
de inexpresiva mueca
caminar cansado,
con cabellos largos
hasta la cintura.

Ya tu mirada se ha gastado tanto
que marchitas todo lo que alcanzas con ella.
Abajo,
más abajo de lo que creías,
se hallan tus dudas.
Deja de darles otros nombres,
tu inocencia,
lo sabemos bien,
llora como un niño abandonado.

Y tus zapatos,
sedientos de caminatas,
han salido a pernoctar
mientras yaces en tu rincón
absorto,
silente,
naufrago de emociones.

Por favor,
no me pidas consejo.
Porque te conozco bien
sé que ninguno nos sirve.
Solo déjame acompañarte
en silencio…

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