En estas y otras cosas pensaba mientras cruzaba aquel puente, de madrugada, con la neblina apenas atravesada por las luces artificiales. Me había procurado la razón oportuna para la caminata nocturna: lanzar mis últimas monedas al mar de Barranco como una especie de ritual para restablecer alguna forma de suerte o lo que sea, pensé. A tempranas horas, caminando por la playa, observé algo que me desconcertó a tal punto que adquirí formas pétreas. En posición fetal, sentado sobre el muro que separa, o pretende separar, la superficie del abismo, me coloqué los audífonos sin prestar mucha atención a las melodías. Era mi manera de desconectarme aún más del entorno. Por instantes, detenía los pensamientos para escuchar canciones, pero sólo las que de alguna manera me remitían a inciertas circunstancias. Así pasé el resto de la tarde y la noche. A veces uno olvida que tiene un cuerpo cuando plática con su sombra.
sábado, 15 de octubre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
EXTRAVÍOS I
A veces te confundes. Lo niegas. Haces de cuenta que ya pasará. Pero lo que pasa son los años. En el camino, algunos se creen el libreto, excepto tú. Entonces te inventas a ti mismo, como un ser diferente, especial, libre de la fácil satisfacción de simplemente ser. Asoma la soledad y la muerte se presenta en silencio, de noche ausculta tus secretos. Entonces las visiones se hacen más claras cuanto más oscuras sean tus horas. Ya no temes sino al silencio ajeno. Ya no quieres sino lo que eres incapaz de comprender. Y vives sospechando que tal vez no hay diferencia entre la cuna y la tumba. Y cómo para no caer en la amargura, esa que amenaza con devorarnos hasta las frágiles esperanzas, sonríes. Sonríes y provocas, sin quererlo, lágrimas en ojos fugaces que te son imposibles reconocer. Lo que tenemos muy de cerca no lo podemos distinguir, tal vez por eso cerramos los ojos cuando lloramos…
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